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Testimonio
En el año 2004; tuve una maravillosa visión. Nada más y nada menos que la presencia de la santísima Virgen.
Si bien estaba dormido en mi lecho conyugal, no fue parte de un sueño. Fue algo fantástico que viví como en otra dimensión, donde la unificación de los mundos que se mezclan te eleva a una condición distinta y difícil de explicar.
Me desperté ante una voz cálida, que me llamaba por mi segundo nombre, que es el nombre por el que toda mi familia de pequeño me llamó siempre. Mario. Incluso en la escuela y de mi pueblito rural en mi infancia, me llamaban Mario o en el diminutivo “Marito” por el que aun me llaman aquellos amigos. Pues el primer nombre, Dante; nunca lo usó mi familia, ni siquiera en el seno de mi propio hogar; para no confundirme con mi padre que se llamaba así.
Sentí “Mariiiooo!...Maaariooooooo!” Con tono suave; cálido; amoroso y muy dulce, tremendamente maternal.
A pesar de estar mi esposa a mi lado, ella nada sentía ni despertó siquiera como si no escuchara el diálogo tan cercano en el silencio profundo de la madrugada.
Vi ante mí y flotando, la imagen viva de la santísima Virgen que me sonreía. Era una figura perfecta, tridimensional, pero como generada por una niebla blanquísima que irradiaba luz.
Más tarde, la vería en una estampita que me regalara un amigo llamado Juan Pallo, como “La Virgen de la Sonrisa”.
A su lado, estaba como una doncella que caminaba de izquierda a derecha, detrás de la Virgen; la figura de Santa Catalina Labouré, con su clásico hábito de sombrero alado, muy particular.
Yo pensé primero en que soñaba, y comprobé que estaba despierto y con los ojos abiertos. Luego cerré los ojos con fuerza; y seguí viendo esa imagen santa, como si no tuviera párpados. Un amigo evangelista luego me explicaría que, en verdad estaba viendo sólo con los ojos del alma.
Ya en otra ocasión, me sentí llevado por Ella hasta un lugar límite, como “La Puerta” un infinito todo celeste. Allí sí la vi a la Santa Madre Celestial con ropaje de color, y a otra santa que la asistía, que interpreto era Santa Teresita del Niño Jesús, ante cuyas reliquias en la catedral de Chascomús pedí su intercesión por la salvación de mi alma; con su hábito de monja de color negro.
Recuerdo en aquella oportunidad, pedirle la Gracia a La Virgen, de esperar un día allí a dos seres muy queridos cuando fuera su hora; y haber obtenido una respuesta afirmativa a esa petición.
Volviendo a la visión en mí cuarto, bajo la advocación de la Virgen de la Sonrisa; no hubo diálogo. Sólo nuestros ojos hablaron y fueron muy expresivos. De Madre a hijo, las miradas; su intensidad y ternura; dicen cosas que el corazón no puede expresar con los labios.
La visión duró unos minutos. Luego su imagen se fue desvaneciendo sin perder la sonrisa. Yo quedé sentado en el lecho rezando agradecido por la Gracia, de “La llena de Gracias” para con mi humadísima e intrascendente persona.
El Rosario al cuello.
Suelo dormir con el santo Rosario ceñido a mi mano. Y mi mayor triunfo, es despertar aferrado a él, sin que por ninguna razón estando dormido, haya abierto la mano. Pero me ha pasado, que al despertar, lo he encontrado en mi cuello, donde me cuesta mucho pasarlo por el tamaño. Estoy absolutamente convencido que yo no lo puse ahí…
Otra Experiencia.
Otra vez ocurrió algo hermoso. Yo suelo dormir con una almohada arriba de mi cabeza, como abrigándome con ella y mi mano también debajo de ella con la palma hacia arriba. A pesar de tener mis ojos cerrados y mi cabeza debajo de la almohada; observé como la mano suave de la Madre con su índice desplegado en punta, traspasó el objeto pasando ante mi rostro y tocó el centro de mi palma derecha. Yo sentí su roce cálido al posarse por un instante. Yo me quedé anonadado. Como otras veces en otras muchas visiones, hay cosas que no me son permitidas recordar y lo acepto. Solamente cuento aquello que estoy seguro haber vivido y experimentado y que me es permitido recordar en detalle.
Dante Cavallini.