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| May 2012 | ||||||||||
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Testimonio Personal parte I.
Leemos que Jesús va con Pedro; Juan y Santiago al Monte de los Olivos a orar y delante de ellos, se produce el maravilloso signo de la visión de la Gloria de Dios.
Únicos testigos de lo que el ojo humano jamás había visto y mente alguna pudiera imaginar es la Transfiguración. Los Apóstoles presencian y confirman la Divinidad de Jesús. El Cristo.
En estas mismas páginas*, (El Fuerte – Chascomús) El sacerdote carismático Ángel D´Auro, nos explicó lo que para muchos aún es una revelación: Cristo vive.
El hijo de Dios, subió a los cielos en cuerpo y alma. Y en Cuerpo; Alma y Divinidad, se revela con todo su Poder, su Amor y su Gloria.
Quien esto escribe, da fe de ello.
Yo recién llegaba escapado de la infamia de la política, renunciando a mayores logros al desistir de seguir siendo asesor en la Honorable Convención Nacional Constituyente de Sante Fe – Paraná donde se reformaba la Constitución Argentina. Y creo que esa actitud, ese renunciamiento y los considerandos del mismo que sólo eran visibles ante Dios, motivó este encuentro que espero perdure por toda la eternidad.
Fue una sorpresiva y maravillosa experiencia ver al Hijo de Dios, ante la puerta de mi propia casa.
Era de madrugada. Siempre que me levantaba de paso a la cocina, tenía por costumbre mirar por la mirilla de la puerta y mirar hacia fuera, prendiendo previamente la luz exterior.
Sí observo que en la acera y ante mí, estaba Cristo.
Llevaba una gran capa roja sobre una túnica blanca. Su pelo hasta los hombros, con puntas hacia adentro, era castaño y delicadamente lacio. De barba majestuosa e impecable. Su rostro, extremadamente bello, mostraba un rasgo definitorio e impactante: Una firmeza y serenidad difícil de explicar en palabras humanas.
Su cutis y manos, eran de un bronceado profundo. Su edad…joven, mayor de treinta. Su estatura, algo más de 1,80.
Para mí, lo más difícil de explicar, es la fuerza, profundidad y serenidad de su mirada.
Tan sugestiva, que mi razonamiento es incapaz de interpretar en su luminoso mensaje. Ojos marrones y penetrantes. Ojos de amor y autoridad definida.
Fue un lapso breve, o quizás no. Fueron instantes supremos donde el tiempo deja de existir tal como lo conocemos y definimos y los relojes no pueden medir la intensidad del tiempo ni su relación con la física o la matemática ni cualquier otra ciencia humana. Cuando el momento se paraliza pausando los mecanismos y las agujas, y las horas vuelan sin sentido aparente para luego comprobar que la quietud cósmica fue absoluta y la llama se congelo en el aire sin perder su intensidad. Las aguas embravecidas del mar se perpetúan en figuras artísticas como monumentos de piedra y los corazones dejaron de palpitar sin morir.
Fue un lapso de tiempo que rememoro en mi mente, corazón y espíritu cuando necesito de la presencia del Señor. Y siempre me emociona regalándome sensaciones repetidas, pero con la pureza virginal de siempre.
Mucho tiempo de reflexión pasó, antes que me animara a contárselo al sacerdote cristiano por el temor a ser considerado “demente”
Me animó la señora Marta Gallo, una laica de la Renovación Carismática Cristiana de la ciudad de La Plata, que El Señor puso en mi camino para formarme en la fe y en la práctica de la fe carismática. Una mujer dotada de carisma y ferviente celo cristiano.
Así llego al padre Ángel D´Auro, hoy Monseñor, entonces a cargo de la Pastoral de la Salud del obispado de Chascomús, siendo titular de la Diócesis Monseñor José María Montes.
D´Auro hizo preguntas concretas. Sobre todo de mi estado inmediato posterior a la visión.
Declaré que nunca había experimentado una paz similar. Durante varios días caminé como si flotara en el aire, lejos del suelo. Me costaba sentir los pies en su rose con el suelo firme.
E pronto, el sacerdote al principio contemplativo y sereno, desbordó en una actitud de frenesí y alegría. “Era Cristo!” afirmo.
Inmediatamente comenzó una ceremonia presurosa, hablando en lenguas me ungió con aceite y agua bendita, marcando la Santa Cruz en mi frente, palmas y pecho. Siempre orando en lenguas, me impuso manos.
Rezamos emocionados y me abrazó con fuerzas.
Pero yo también estaba ávido de respuestas a mis propios interrogantes: ¿Qué quiere Cristo Jesús de mí?
“Sólo la oración, que es un diálogo profundo con El Señor, te revelará su propósito.”
Muchas cosas han sucedido en mi vida desde entonces. Entre ellos, el diario encuentro con la Palabra Sagrada, de los santos Evangelios que ilumina, alecciona y forma en la fe. Pero para aplacar cualquier intento de ego personal, que me haga creer especial, santificado y glorificado, al pedirle un mensaje concreto y definitorio sobre esta visión extraordinaria, El me respondió: “No he venido en busca de justos, sino de pecadores”.
Esta es una práctica que la santísima Virgen en Medjugorie como Reina de la Paz, nos la aconseja.
Es una manera de dialogar con Jesús, luego de la oración, pedir que el Espíritu Santo descienda sobre uno y bendiga nuestras manos y las guíe ante la Biblia, al mensaje apropiado al interrogante del momento. Luego abrimos el libro sagrado y nos encontraremos con esa respuesta.
Así supe que el Señor venía en busca de lo vil y rechazado por el mundo. Lo más pequeño, intrascendente y reprobable. Yo era una inmundicia “justamente” despreciada. Un ser que no valía absolutamente nada. Soberbio, orgulloso, mentiroso, poco confiable; sin principios éticos ni morales. En busca de una “oportunidad” para trascender y ser superior a otros por ego manía. Quería ganar el mundo sin conocer el cielo. Pero todo cambió a partir de su presencia: “He aquí, Yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta; Yo entrare con él y cenaré con él y él con migo”
Hoy simplemente respondo: “Señor, ven a mi. Señor, en Vos confío”.
Dante Cavallini